En lo más alto del cielo vivía una nube muy esponjosa.
Se llamaba Flufina, y le encantaba volar, jugar con el viento y hacer formas divertidas: conejitos, elefantes…
Cada día dibujaba cosas nuevas en el cielo.
Todos la miraban desde abajo y decían: —¡Mira esa nube tan bonita! ¡Parece algodón de azúcar!
Flufina sonreía orgullosa.
—¡Soy la más suave y grande de todas! —decía.
Pero había algo que no le gustaba nada de nada…
Llover.
—Si lluevo perderé mi agua, me haré más pequeña… ¡Y ya no seré tan redonda, ni tan bonita!
Así que, día tras día, Flufina guardaba toda el agua solo para ella.
Y cada vez, se hacía un poquito más grande… y más pesada… y más hinchada…
Hasta que un día, flotando con dificultad, miró hacia abajo.
Y lo que vio… la dejó muy callada.
Los campos estaban secos.
Los árboles sin hojas.
Las flores tristes, cerradas.
Y en medio de todo… un pequeño ciervito intentaba beber de un lago vacío.
Flufina sintió un cosquilleo en el pecho.
—¿Será por no haber compartido? —pensó bajito.
Entonces escuchó al viento, que pasaba silbando:
—Flufina… no hace falta que lo des todo. Solo da lo que puedas. Verás qué bien se siente.
Flufina miró sus gotitas.
Eran muchas.
Estaban listas.
Cerró los ojos… Y dejó caer la primera gota.
Y luego otra.
¡Y otra más!
Las flores se estiraron contentas.
Los árboles comenzaron a vestirse de verde.
El lago se llenó poco a poco…
Y el ciervito, feliz, chapoteó en el agua fresca.
Flufina se miró.
Sí, era un poco más pequeña…
Pero también más ligera, más alegre y más feliz.
—Compartir no me quitó nada —dijo—.
Me regaló algo mucho mejor.
Desde entonces, Flufina vuela por el cielo feliz, dejando que su agua llegue a donde hace falta.
Porque ahora sabe que ser generosa, la hace aún más grande por dentro.
