En un rincón del bosque vivía Cloc, un caracol pequeño y curioso.
Con su casita a cuestas, se deslizaba muy despacito entre las hojas…
Pero Cloc no era feliz. —Soy tan lento… —suspiraba—. Nunca llego a tiempo. Nunca hago nada importante.
Cada día miraba a la liebre, saltando y corriendo de un lado a otro a toda velocidad… Y Cloc solo pensaba: —Ojalá pudiera moverme como ellos.
Una mañana, todo cambió.
Los animales estaban inquietos. En el claro del bosque había aparecido algo extraño… unas huellas grandes y alargadas… ¡Nadie las había visto nunca en el bosque!
—¡Podría ser un monstruo! —gritó la ardilla. —
¡O un depredador que viene a por nosotros! —añadió el zorro. —
¡Hay que hacer algo ya! —apremiaba la liebre.
Todos corrían de un lado a otro. Miraban las marcas, discutían, se asustaban…
Cloc, llegó tarde, como siempre… Pero no dijo nada. Solo observó.
Se acercó despacio… muy despacio. Y con paciencia, siguió las huellas, una a una, sin saltarse ninguna.
Pasó mucho rato en silencio, deslizándose cerca del suelo, notando el relieve con su cuerpo húmedo, viendo lo que nadie más veía. Porque Cloc iba tan lento, que le daba tiempo a mirar todo con atención, a fijarse en todos los detalles.
Finalmente, levantó la cabeza.
—Estas no son huellas de monstruo —dijo Cloc—. Son de una tortuga.
—¿¿¿Una tortuga??? —preguntaron todos.
—Sí —respondió—. Mirad las marcas de la cola arrastrándose. Y los pasos lentos y pesados. Yo… las reconozco…
Hubo un silencio…
Cloc, el más lento del bosque. Cloc, que nunca llegaba a tiempo, había resuelto el misterio.
La liebre se rascó la oreja.
—Supongo que… a veces, para ver lo importante, hay que ir más lento.
—O al menos —añadió Cloc con una sonrisa—, hay que mirar bien donde se pisa.
Desde ese día, Cloc no quiso correr… Porque descubrió que, gracias a su ritmo, podía ver lo que los demás no veían. Y eso, también era importante.
Pero… solo quedaba un misterio por resolver…
¿Qué hacía una tortuga en medio del bosque?
Tal vez, eso… lo descubramos en las siguientes historias.
