En un pequeño pueblo junto al mar Mediterráneo vivía Cala, una golondrina de plumas azules y pecho blanco.
Cada mañana volaba sobre los olivos junto a su amiga Luma, una lagartija verde muy rápida, y con Cloc, un caracol siempre sonriente.
Cala estaba convencida de que ese era el mejor lugar del mundo.
Un día, algo cambió. Sus padres habían decidido que era hora de buscar un lugar más cálido para pasar el invierno.
La noticia dejó a Cala sin palabras.
—¿Tan lejos? ¿Y mis amigos?—preguntó Cala con un hilo de voz.
—Es normal que tengas miedo, mi pequeña—respondió su madre con ternura—. Los cambios siempre dan un poco de vértigo, incluso a los adultos. Pero estaremos contigo. Los recuerdos y el cariño de tus amigos vivirán siempre en tu corazón.
Los días pasaron entre juegos y despedidas.
Cala disfrutaba del tiempo con Luma y Cloc, pero al mismo tiempo sentía un nudo en el pecho.
Una noche, mientras miraba las estrellas desde el nido, se atrevió a preguntar:
—¿Y si allá nadie quiere jugar conmigo?—susurró Cala, insegura.
—Al principio todo será nuevo y diferente—le tranquilizó su madre—, pero yo estaré a tu lado. Y encontrarás nuevos amigos, igual de buenos que los que dejas aquí.
Llegó el día de partir.
Cala sobrevoló el pueblo por última vez, viendo a Luma correr sobre una roca y a Cloc levantar sus antenas despidiéndose.
—¡Os escribiré en el cielo!—gritó Cala con emoción.
Tras un largo viaje sobre el mar, la familia llegó a un país muy diferente. Había palmeras enormes, flores de colores brillantes y un aire dulce que olía a frutas exóticas.
Cala se escondió bajo el ala de su madre.
—No me gusta… todo es tan raro—murmuró Cala con miedo.
—Vamos a explorar juntas—le dijo su madre con calma—. Si algo te asusta, cuéntamelo.
Cala respiró como mamá le había enseñado: adentro… afuera… una… dos… tres veces.
Y su corazón se sintió un poquito más valiente.
Al día siguiente, una bandada de pajaritos amarillos se acercó con curiosidad. Le preguntaron si era nueva, de dónde venía, cómo piulaba, si sabía cantar… ¡tenían tantas preguntas!
Cala tragó saliva, algo nerviosa.
—Muéstrales quién eres, Cala—le animó su madre en voz baja.
Cala levantó el pico y cantó un “piu-piu” alegre, como el viento sobre los olivos.
Los pajaritos escucharon su canto y se acercaron, revoloteando felices a su alrededor.
Cala sintió que algo nuevo y bonito comenzaba a nacer en su corazón.
Esa noche, mientras miraba el cielo estrellado desde su nuevo nido, Cala susurró:
—Echo de menos a Luma y Cloc… pero hoy me divertí con los pajaritos amarillos.
—Así es como crece el corazón—le respondió su madre con dulzura—. Nunca olvidamos lo que queremos, pero aprendemos a querer lo nuevo.
Cala se acurrucó, feliz.
Y de pronto, entre las ramas, apareció un pequeño mono de pelaje oscuro y ojos brillantes, con una sonrisa amable.
Llevaba un collar de madera y semillas.
El mono dejó un delicado collar de hojas con una piedra azul brillante, y con una voz misteriosa, dijo:
—Un regalo para ti, Cala—dijo con voz profunda y misteriosa—. Su historia… tendrás que descubrirla.
Cala lo observó alejarse, mientras el brillo azul iluminaba suavemente sus alas.
¿Quieres saber qué misterio guarda el collar?
Lo descubrirás en otro cuento.
