¡CRAAAAASH!
Un tronco gigantesco cayó del cielo.
Bueno… de un árbol. Pero fue tan fuerte que se oyó hasta en la cueva del oso dormilón.
Las ramas volaron, el polvo se levantó… y lo peor: el tronco aterrizó justo en el camino que lleva al río.
¿Y qué tiene ese camino?
Pues que es el único por donde los animales bajan cada día a beber agua.
Sin ese camino… sin ese río…
¡CAOS!
Los primeros en llegar fueron Chispa, Bruno, Toco y Vito.
Se detuvieron en seco.
—¡¿Qué es estoooo?!—gritó Chispa, la ardilla, agitando su cola como un helicóptero.
—¡No podemos pasar!—dijo Bruno, el mono, con ojos como platos.
—¡Y sin pasar, no hay agua!—añadió Toco, el castor, afilando los dientes.
—¡Tranquilos, este tronco lo movemos fácilmente!—afirmó Vito, el zorro, poniéndose serio—.
Y mientras todos gritaban y se empujaban para ver el tronco, Taco, el capibara, se acercó caminando muuuuy despacio.
Ni corriendo, ni gritando.
Solo caminando.
Y luego, se sentó.
Y luego… no hizo nada.
Toco fue el primero en atacar.
—¡Yo lo rompo! ¡Soy un castor! ¡Esto es personal!—exclamó, lanzándose contra el tronco.
¡CLAC! ¡CLAC! ¡CLAC!
Mordía como una máquina. Mordía con furia. ¡Mordía hasta el aire!
Y mientras tanto, Taco… se rascaba la oreja, como si tuviera picazón existencial.
Bruno no se iba a quedar atrás.
—¡No sirve! ¡Construiré una escalera gigante!—gritó con entusiasmo.
Corrió a por ramas, lianas, hojas… Unió cosas con barro, con baba, con lo que encontró.
Y cuando subió al primer peldaño…
¡CRACK!
¡Todo al suelo!
Y mientras tanto, Taco… olía una flor, tranquilo, en paz con la vida.
Chispa era un torbellino.
—¡Cavemos! ¡Saltemos! ¡Cambiemos de país! ¡TALADRO LÁSER!—chillaba sin parar.
Corrió en círculos.
Se subió al tronco.
Se cayó.
Saltó encima de Bruno.
Bruno cayó sobre Toco.
Toco cayó sobre un hormiguero.
Y mientras tanto, Taco el capibara… cerró los ojos solo un momento, para… revisar sus párpados por dentro.
Entonces llegó Vito, decidido:
—¡Ingenio, fuerza y precisión! ¡Con esta palanca lo muevo yo solo! ¡A la de una! ¡A la de dos! ¡A la de…!
¡PUM!
Nada.
El tronco ni se inmutó.
Y mientras tanto, Taco… se estiró como si despertara de una siesta.
—¡¿Taco?! ¡¿NO VAS A HACER NADA?!—gritó Chispa, desesperada.
—¡Vamos a secarnos como pasas!—añadió Bruno, agotado.
—¡Yo ya no siento la mandíbula!—se quejó Toco.
Taco se levantó.
Sin prisa.
Sin drama.
Sin una sola astilla en el pelo.
—Estoy haciendo algo… Estoy mirando…—dijo con una sonrisa serena.
Y entonces caminó hacia el borde del camino.
Miró las rocas.
Apartó unas ramas.
Y desapareció.
—¿Lo ofendimos?—preguntó Bruno, confundido.
—¿Se fue a vivir al monte?—susurró Chispa, inquieta.
—¿Está… planeando algo?—dijo Vito, pensativo.
—Yo solo quiero agua—murmuró Toco, rendido.
Y mientras tanto, Taco… ya estaba del otro lado del tronco.
—¿Venís o qué?—dijo Taco, como si nada.
Los animales corrieron.
A solo unos pasos, había un hueco en la roca.
Un caminito fácil.
Libre.
Abierto todo el tiempo.
Taco los miró y explicó:
—Cuando dejas de hacer ruido… ves los caminos que siempre han estado ahí.
Desde ese día, cada vez que algo parecía imposible, alguien se preguntaba: ¿Y si hacemos como Taco?
Porque a veces, hacer “nada” es hacer lo más importante de todas las cosas.
Cuando por fin llegaron al río, ninguno de los animales podía creer lo que vio.
Y entonces, sin que nadie dijera una palabra… todos miraron a Taco.
¿Quieres saber lo que encontraron?
Lo descubriremos en en el siguiente cuento.
