Nami era una medusa rosa como una gelatina de fruta.
Era alegre, simpática y le encantaban jugar, la compañía y las risas. Pero nadie lo sabía, porque Nami se escondía. Siempre.
Cuando jugaban al escondite, ella no salía. Cuando hacían carreras, ella flotaba en dirección contraria. Cuando decían todos al centro, ella se iba a una esquina.
¿No le gustaban los juegos?
¡Sí, mucho! Pero si tocaba a alguien sin querer, sus tentáculos podían picar y no quería hacer daño a nadie… Así que se escondía en cuevas, detrás de corales, debajo de las burbujas. Silenciosa, invisible… bueno, casi invisible.
Hasta que un día, en una grieta profunda del arrecife, se encontró con alguien muy especial. Pero no era un pez ni una alga. Era…
—¿Un pulpo verde con topos lilas? —preguntó Nami flotando en el agua.
El pulpo parpadeó avergonzado.
—Sí… me pasa a veces. No sé por qué —respondió el pulpo bajando la mirada. —No puedo controlar mis colores. Cambian con mis emociones.
—Quizás… ¿te asustó algo? —dijo Nami con curiosidad.
—Sí, creo que vi… ¡eso! —dijo Omi señalando con una patita.
Entre las rocas había algo extraño: una bolsa de plástico arrugada, atrapada entre las algas.
—Oh, una bolsa de la superficie —murmuró Nami con desagrado.
Ambos hicieron una mueca.
—¿Crees que podría ser color de asco? —preguntó Nami arrugando la frente.
—Sí, puede ser asco con puntitos. ¡Asco total! —contestó Omi.
—Yo soy Omi —se presentó haciendo una reverencia torpe.
—Yo soy Nami —respondió ella con una sonrisa suave.
—¿Y por qué te escondes, Nami? —preguntó Omi con curiosidad sincera.
—Porque puedo picar —confesó Nami en voz bajita.
—Ah, te entiendo —dijo Omi asintiendo despacio. —Yo también me escondo lejos a veces, porque no puedo controlar mis colores y a veces se ríen de mí cuando jugamos al escondite.
—¿Y por qué no jugáis a otro juego? —preguntó Nami.
—Mis amigos solo quieren jugar a esconderse y siempre me encuentran por mis colores —se quejó Omi suspirando.
Nami lo pensó un momento y propuso:
—¿Y si jugamos a otro juego? Un juego nuevo, sin tocarnos y sin escondernos.
—¿Se puede? —añadió Omi dudando.
—¡Claro! Mira… —respondió Nami entusiasmada.
Inventaron un juego de hacer burbujas gigantes.
Luego, uno de dibujar con tinta en el agua.
Después, uno de flotar con los ojos cerrados y adivinar por el sonido dónde estaba el otro.
También estuvieron buscando formas en las algas.
Nami no picó a nadie. El color de Omi no fue importante para estos juegos.
Solo rieron. Mucho.
Lo estaban pasando tan bien que parecía que el mar se había olvidado de moverse.
Hasta que, de pronto, algo tembló entre los corales y les cambió la cara…
Omi se puso naranja.
Un ojito curioso asomó detrás de una anémona. Y luego otro.
¡Era un pez globo!
Parecía tímido y muy, muy nervioso.
—¿Se puede jugar sin asustarse? —preguntó el pez globo temblando un poquito.
—¿Tú también picas? —preguntó Nami sorpendida.
—Si me asusto, me inflo y pincho —explicó el pez globo casi disculpándose.
Y sin querer ¡BLUP! se infló delante de todos.
Pero nadie se apartó. Nadie se rió. Todos sonrieron con él.
Y entonces apareció una raya flotando…
Omi volvió a cambiar de color.
—¿Se puede jugar sin estornudar? —preguntó la raya con voz tímida.
—¿Estornudar? —repitió Nami abriendo mucho los ojos.
—Sí, a veces estornudo y suelto rayitos sin querer —confesó la raya avergonzada.
Y solo de pensarlo…
¡ATCHÍS!
⚡¡Bzzzt!⚡
La raya estornudó y los electrocutó suavemente.
Y todos se rieron otra vez.
Después llegó un erizo de mar.
No dijo nada. Solo se quedó quieto.
—¿Y tú? —preguntó Nami acercándose con amabilidad.
Silencio…
—Vale. Jugamos sin escondernos, sin tocar, sin empujar, sin pinchar y sin electrocutar. Y si alguien se infla, estornuda o brilla, ¡no pasa nada! —declaró Nami con alegría.
Todos aceptaron y el juego siguió.
Era un juego lento, con cuidado y, sin embargo, todos tenían una sonrisa en la cara. Se divertían como nunca antes lo habían hecho.
Desde ese día, Nami no se escondió más. Ni tampoco sus nuevos amigos.
Todos tenían algo que asustaba. Algo que podía hacer daño a los demás. Pero si jugaban con mucho cuidado y con respeto, nadie salía herido y todos pasaban un buen rato.
Desde entonces, si preguntas en el arrecife a qué juegan las medusas, alguien te responderá: a un juego en el que puedes ser tú mismo sin miedo.
Y cuando nadie se lo esperaba, Nami abrió los ojos como platos y gritó:
—¡Un unicornio! ¡He visto un unicornio marino!
Todos se quedaron sorprendidos.
Pero Nami ya nadaba rápido hacia las sombras del arrecife, persiguiendo una silueta lejana y brillante.
¿Habrá visto de verdad un unicornio del mar?
Descúbrelo en el cuento de Akito.
