El abrazo que espantó el miedo

En un bosque tranquilo y verde, Mila, una pequeña osa llena de curiosidad, pasaba los días junto a su familia, jugando bajo los rayos del sol.


Tenía un hermano mayor llamado Fito, al que admiraba más que a nada en el mundo.

Con él podía jugar, correr y trepar a los árboles.
Y por la noche, cuando el viento soplaba entre las ramas,
podía acurrucarse a su lado, envuelta en su suave y cálido pelaje.

Sí… tener un hermano mayor era algo maravilloso.
Aunque, a veces, también podía ser un poco… complicado.


A Mila le encantaba correr.
Le gustaba sentir el aire en la cara y escuchar cómo crujían las hojas bajo sus patas.
Pero Fito siempre corría más rápido.

—¡Vamos, patosa! —le gritaba entre risas—.
¿Eres una osa o una tortuga?

Ella intentaba seguirlo, pero las curvas del sendero se volvían peligrosas.
Las patas le temblaban, y estuvo a punto de rodar cuesta abajo.
Su corazón latía muy deprisa.
Estaba asustada.
No podía ir más rápido…


A Mila también le gustaba trepar,
subir despacio entre las ramas verdes
y ver cómo la luz del sol jugaba en su pelaje.

Pero Fito subía más alto, mucho más alto.

—¡Arriba, miedica! —le gritaba desde una rama—.
Hasta una ardilla bebé lo haría mejor que tú.

A Mila se le hizo un nudo en la garganta.
El cielo giraba, y sintió que el mundo se movía bajo sus patas.
Estaba asustada.
No podía subir más…


En el río ocurría lo mismo.
Le encantaba chapotear, sentir el agua fría en su pelaje…
pero Fito nadaba hasta el centro, donde el agua era oscura y profunda.

—¡Vamos, salmoncito! —rió Fito—.
¡El agua no muerde!

Mila abrió los ojos de par en par.
El fondo se perdía en la sombra.
El corazón le dio un vuelco.
Las aguas hondas daban miedo… mucho miedo.

Y esa noche, mientras las gotas golpeaban las hojas del bosque,
Mila empezó a temer más cosas:
las ramas que crujían,
el río crecido,
el viento que aullaba entre los árboles.
Había tantas cosas a las que temer…


Por suerte, alguien lo notó.
Era su mamá.

Cuando llegó la noche y todos se acomodaron en la guarida,
la mamá se tumbó cerca y le susurró:
—¿Qué pasa, Mila? ¿No puedes dormir?

Mila tenía muchas dudas… No sabía si explicarle a su mamá que tenía mucho miedo.
¿Y si era absurdo tener miedo?
¿Y si Fito se reía de ella?

Al final sólo murmuró:
—No pasa nada, mamá…

Pero no podía dormir. No había manera.

“Se lo contaré mañana”, pensó.
Y se quedó dormida.


A la mañana siguiente, mientras el sol pintaba de dorado las hojas,
Mila se acercó a su madre, se armó de valentía y le dijo:

—Mamá… ¿tu tienes miedo alguna vez?

La mamá sonrió y pensó un instante.
—Oh, sí.
Tengo miedo de muchas cosas.
Nuestro bosque es hermoso, pero también puede ser peligroso.
Por eso observamos bien el camino antes de correr,
probamos cada rama antes de subir
y nadamos sólo donde el agua es tranquila.

Tener miedo no es malo —añadió—.
El miedo nos enseña a cuidar de nosotros y de los que queremos.

—¿Entonces está bien tener miedo? —preguntó Mila, con los ojos muy abiertos.

—Claro —dijo mamá—.
Así es como aprendemos a ser valientes de verdad.
Solo hay una cosa que me da mucho miedo:
que te pase algo a ti, a Fito o a papá.


Justo entonces llegaron los dos.
Papá oso sonrió y dijo:
—Yo también tengo miedo, ¿sabes?

Fito bajó las orejas, algo avergonzado.
—Perdón por haberte asustado, Mila —dijo—.
Cuando yo era pequeño también tenía miedo.


Ese día, los cuatro salieron a jugar.
Corrieron, pero sin prisas.
Trepaban solo hasta las ramas seguras.
Nadaron, pero en las aguas claras y poco profundas.

La luna apareció, y el bosque se volvió de plata.
El viento era suave, y las estrellas titilaban entre las hojas.

Mila miró a su familia y sonrió.
De pronto, se dio cuenta de que su miedo se había marchado.

O tal vez no se había ido…
Simplemente se había vuelto pequeño.
Tan pequeño como para caber, sin estorbar, en su corazón valiente.

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