En el rincón más helado del océano, donde el agua brilla como cristal y las auroras pintan el cielo de verde y violeta, vivía Akito, un joven narval.
Tenía un cuerno largo y retorcido, que relucía como un caramelo de nieve. Pero lo que más hacía era… preguntarse por qué lo tenía.
—¿Será una antena? ¿O una varita mágica?
Akito probó de hacer magia con todas sus fuerzas, pero nada… solo salió una burbuja y un «BLUP».
Cada día probaba algo distinto: tocaba con el cuerno los carámbanos del hielo, pinchaba burbujas, hacía girar algas…
Pero nada. No pasaba nada mágico.
Un amanecer, una corriente cálida rozó su piel. Venía del sur, donde el agua era más azul que el cielo. Akito sintió un cosquilleo.
—Quizá allí encuentre mi respuesta —pensó—.
Y se dejó llevar.
Durante su viaje conoció a muchos amigos, y cada cuál tuvo una idea más descabellada de para qué servía el cuerno.
En una bahía de agua brillante, una foca artista pintaba burbujas con plancton fosforescente.
—Tu cuerno parece un pincel —le dijo entusiasmada—. ¡Podrías pintar burbujas de colores!
Y Akito lo intentó, pero nada… Todas las burbujas explotaban y, además, acabó con la cara llena de pintura luminosa.
Desde una roca cercana, un caballito de mar dorado que observaba se acercó.
—No te preocupes —dijo moviendo su aletita—. Tal vez tu cuerno sirve para remover el fondo y encontrar tesoros escondidos. ¡Yo perdí una concha hace tres días, podrías ayudarme a buscarla!
Akito sonrió, y aunque no sabía si su cuerno servía para eso, removió un poco de arena solo por probar.
No encontró ninguna concha, pero sí una gran nube de burbujas que lo hizo reír.
Siguió su camino entre risas, mientras el caballito lo despedía con su cola dorada.
A medida que nadaba, el agua se volvía más fría y la luz del sol empezaba a desaparecer.
Más adelante, en una zona oscura del fondo, Akito encontró a un pez linterna que parpadeaba sin parar.
—Quizás… tu cuerno podría ser una lámpara, como la mía.—dijo con voz de misterio.
Akito la movió para que brillara, dio vueltas en círculos, sopló con todas sus fuerzas, e incluso gritó:
—¡¡¡Enciéndete cuerno!!!
Pero nada, ni un ligero brillo, ni una chispa de luz.
Así que siguió buscando, convencido de que su cuerno tenía una misión que todavía no conocía.
Un día, vio algo brillante que llamó su atención: una luz suave, lila, le seguía despacito entre los corales.
¡Era una medusa!
—Hola… —dijo Akito, acercándose con cuidado—. ¿Eres… una gelatina del mar?
—Me llamo Nami, soy una medusa. Y tú… ¿eres un unicornio de mar?
Akito suspiró.
—Eso dicen. Pero no tengo magia… He probado a girar el cuerno, a soplar en todas direcciones, a cantar, a reír, nadar super rápido, y hasta a decir palabras mágicas, pero nada. Ni luz, ni sonido, ni magia…
Nami lo miró con ternura y añadió con su agradable sonrisa:
—Quizá la magia no siempre se nota. A veces solo se despierta cuando la necesitas de verdad.
Akito miró con curiosidad la punta de su cuerno, quieto y brillante. Y, por primera vez, pensó que, tal vez, solo debía esperar el momento justo para hacer su magia.
Esa noche, una tormenta movió el océano más de lo normal. Las olas jugaban a empujarse, las corrientes daban vueltas, y el agua se llenó de arena, burbujas y algas. Los peces nadaban sin rumbo, los cangrejos se escondieron, y todo se volvió un poco confuso.
Akíto intentó seguir el camino de antes, pero no podía ver bien ni saber por dónde ir.
—¡Akito! —gritó Nami—. ¿Qué hacemos? ¿Dónde vamos?
Nami estaba muy asustada.
—No lo sé, Nami… no veo nada.
De pronto, su cuerno vibró.
Era una sensación nueva, como si escuchara con él.
Entonces Akito cerró los ojos y se concentró con todas sus fuerzas.
Empezó a sentir. Sintió los movimientos del agua, los pulsos lejanos de los animales marinos, las corrientes escondidas…
¡Su cuerno era un radar! Y el mar parecía susurrarle el camino correcto.
—¡¡¡Eso es!!! —gritó Akito con determinación—. Tenemos que seguir esa corriente, ¡por ahí saldremos!
Así, Akito nadó decidido, guiando a Nami y a los demás hacia la calma, dejando atrás la tormenta y siguiendo el brillo invisible de su cuerno.
Cuando el mar volvió a la calma, Nami lo miró asombrada y le preguntó:
—¿Cómo supiste por dónde ir? ¡¡¡Has hecho magia!!!
—No. —dijo Akito con una sonrisa—. No hice magia. Solo escuché al mar.
Nami asintió despacio.
—Entonces tu poder es sentir. ¡Eso sí que es magia!
Desde aquel día, Akito nunca volvió a preguntar para qué servía su cuerno. Ya sabía que no hacía falta tener magia para ser especial: bastaba con sentir, escuchar… y recordar que todos tenemos algo único para ayudar a los demás.
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