En un apartamento pequeño, en lo alto de una ciudad ruidosa, vivía Mochi, un gato de rayas grises.
Su mundo no tenía jardines ni praderas. Solo un salón, una cocina y una ventana con vistas a los coches.
Pero para Mochi eso era suficiente.
Se subía al respaldo del sofá como si fuera un trono. Estiraba el cuello, sacaba pecho y pensaba:
—¡Soy el rey de los felinos!
Y parecía cierto: ningún ratón se atrevía a cruzar por aquel apartamento. Los pájaros de la calle lo miraban desde lejos, a través del cristal. Hasta las moscas desaparecían cuando él abría sus grandes ojos amarillos.
Mochi se paseaba despacio por el pasillo, como si fuera un desfile real.
Un día, mientras dormitaba en el sofá, los humanos encendieron la televisión. Apareció un enorme felino dorado rugiendo en la sabana.
¡ROARRRRRRRR!
Mochi pegó un salto, con el lomo erizado.
—¿Qué… qué clase de gato es ese? —susurró con los ojos como platos.
El documental mostraba al león cazando, corriendo con fuerza, gobernando sobre su manada.
Después, apareció un tigre inmenso cruzando un río, sus rayas brillando bajo el sol.
Mochi se quedó paralizado.
—¡Tiene mis rayas… pero es gigante!
Las imágenes seguían: panteras negras saltando entre ramas, guepardos veloces como el viento.
Mochi sintió que el suelo se movía bajo sus patas.
—Yo… ¿yo no soy el rey?
Se escondió debajo de la mesa, confundido. Su cola, que siempre llevaba en alto, ahora temblaba.
De pronto se miró en el espejo del pasillo. Lo que vio fue un gato pequeño, con barriga redonda y bigotes torcidos.
—¿Y si solo soy… un minifelino? —pensó con las orejas gachas.
Toda la tarde la pasó escondido, dándole vueltas. Ya no se atrevía a subirse al sofá-trono. Ni siquiera quiso mirar por la ventana, temiendo descubrir más felinos que le quitaran su corona.
Hasta que, entrada la noche, escuchó un ruidito en la cocina: “cri-cri-cri”.
Un ratón travieso mordisqueaba una galleta olvidada.
Mochi salió disparado como un rayo.
—¡Atrévete si puedes, intruso!
El ratón chilló y corrió a esconderse bajo la nevera.
Mochi quedó erguido, la cola en alto, respirando fuerte.
Los pájaros del cable eléctrico lo observaban aterrorizados desde la ventana.
La mosca, asustada, se escondió tras el reloj de la pared.
Mochi se lamió la pata con calma y pensó:
—Bueno… El león tendrá su sabana. El tigre, su jungla. Y yo… yo tengo este apartamento.
Con una sonrisa tranquila, volvió a tumbarse en su sofá-trono.
Ya no necesitaba compararse con nadie, porque había descubierto algo aún mejor: cada felino es el rey en su propio lugar.
