Nadie supo cuándo empezó.
Un amanecer cualquiera…
Bruno, el perro salchicha, se levantó y su cuerpo parecía un poco más largo que la noche anterior.
Al día siguiente, su cola estaba más lejos.
Y al otro día, todavía más.
Pronto atravesó la calle, la colina y, un día, el horizonte.
Su cuerpo se deslizaba como una línea dibujada por un niño que nunca levantó el lápiz del papel.
Y el mundo cambió en silencio.
Los niños preguntaban:
—¿Hasta dónde llegará?
Y los sabios respondían:
—Quizás hasta donde llegue nuestra imaginación.
Algunos decían que era un puente entre los continentes.
Otros, que era un lazo que sujetaba la Tierra para que no se deshiciera.
Y había quien creía que, en realidad, Bruno era el horizonte mismo disfrazado de perro.
De noche, las estrellas parecían enredarse en su pelaje, como si su cuerpo fuera un hilo marrón cosiendo el cielo con la tierra.
Y la luna lo seguía, paciente, como una pelota que jamás se cansaba de jugar con él.
Y mientras tanto, Bruno seguía creciendo sin detenerse, deslizándose sin fin, uniendo desiertos con bosques, días con noches y todas las estaciones.
Nadie volvió a ver dónde empezaba Bruno, ni dónde terminaba.
Quizá su hocico olfateaba entre dunas doradas, mientras su cola se meneaba lejos, sobre un bosque de nieve infinita.
Pero de vez en cuando, en la inmensidad del mundo, se oía un ladrido suave, redondo, eterno:
—¡Guau!
Un ladrido que no asustaba, que sonaba como una campana lejana.
Algunos lo escuchaban lento, como un eco que apenas avanzaba; otros lo sentían tan veloz que se les escapaba en un parpadeo.
Y aunque nadie sabía de dónde venía, retumbaba en todas partes del planeta, recordando que todo estaba unido por la caricia interminable del perro salchicha más largo del mundo.
