En un rincón escondido del bosque vivía Zipi, una ardilla muy simpática, pero un poco nerviosa y que siempre iba con prisas.
Cuando tenía sed, gritaba:
—¡Quiero agua!
Y si algo le llamaba la atención, no pedía permiso, solo decía:
—¡Dámelo!
Un día, mientras perseguía una hoja que volaba por el bosque, Zipi llegó a un claro enorme… y se quedó boquiabierto.
En el centro había un árbol gigantesco, taaaaaan alto, que sus hojas se perdían en las nubes.
Pero lo más increíble eran las cosas que colgaban de sus ramas: caramelos brillantes.
Rojos, verdes, dorados, azules… algunos con rayas divertidas, otros con puntitos de colores, y otros con brillos suaves que parecían reflejar la luz del sol.
Zipi no se lo pensó dos veces: relamiéndose, dio un salto enorme hacia el tronco, convencido de que iba a darse un gran atracón de caramelos.
Pero… ¡flis! Sus patas resbalaron sobre el tronco, que parecía hecho de hielo.
En una rama, un búho enorme y majestuoso lo observaba en silencio, y le dijo con una calma solemne:
—Este no es un árbol cualquiera. Es un árbol de caramelos naturales, y entrega un caramelo solo a quien acierta las palabras mágicas.
Zipi tragó saliva.
—¡Quiero uno, quiero el rojo!—pidió Zipi sin pensarlo.
El búho entornó los ojos.
—Entonces… inténtalo.—respondió el búho con voz grave.
Zipi se plantó frente al árbol y dijo todas las palabras mágicas que sabía:
—¡Ábrete sésamo!
Pero no ocurrió nada…
—¡Supercalifragilísticoespialidoso!—gritó esperanzado.
Nada.
—¡Abracadabra!—insistió con nervios.
Nada de nada.
Durante horas lo intentó con todo lo que se le ocurrió:
—¡Simsalabim!
—¡Alakazam!
—¡Expelliarmus!
Pero las ramas ni se movían.
Zipi estaba cansado y medio rendido, y suplicó:
—Por favor, arbolito… ¿qué tengo que hacer?
Y de pronto, las hojas se agitaron suavemente y el caramelo rojo cayó rodando hasta sus patas.
—¡¡¡Gracias!!!—dijo Zipi, asombrado con una sonrisa.
El búho sonrió.
—Exacto. “Por favor” y “gracias” son llaves mágicas. No abren puertas… pero te permitirán llegar muy lejos.—explicó el búho con sabiduría tranquila.
Zipi estaba tan contento que empezó a saltar y correr de un lado a otro, mostrando su premio a las flores, a las piedras… y hasta a las mariposas.
Pero, al final, en uno de sus saltos más locos, ¡PLOF! el caramelo salió rodando.
—¡Noooo!—gritó Zipi desesperado mientras corría tras él.
El caramelo rebotó, bajó por una pendiente y desapareció entre la hierba alta.
Zipi buscó y buscó… estaba furioso. No le gustaba perder las cosas.
Al cabo de un rato, se quedó quieto, respiró hondo, y susurró:
—Bueno… quizás alguien lo necesite más que yo.
De camino a casa, tenía muchísima hambre, y como había pasado toda la tarde jugando, no había recolectado comida.
De pronto, vio a un tejón junto a una cesta de moras, y le dijo:
—¿Podrías darme unas moras, por favor?
El tejón sonrió y le dio un buen puñado.
—¡Gracias!—respondió Zipi con alegría sincera.
En ese momento lo entendió todo: el mejor regalo del árbol no había sido el caramelo, sino aprender que las palabras amables abren más puertas que cualquier otra cosa.
Esa noche, antes de dormir, Zipi no podía dejar de pensar: si ese árbol tenía caramelos naturales, ¿qué sabor tendrían? ¿Y quién sería el afortunado en conseguir otro?
Pero eso… lo descubriremos en otra historia.
