Toco y la lección del capibara

Cuando por fin llegaron los animales del bosque, todos se quedaron boquiabiertos.

¡El río estaba casi vacío!

El agua, que antes saltaba y corría feliz, ahora era solo un chorrito triste que se escondía entre las piedras.

Nadie dijo una palabra… hasta que Chispa murmuró:
—¿Dónde está el agua?

Fue entonces cuando Toco, el castor, tragó saliva y dijo muy bajito:
—Ups… Creo que… sé dónde está.

Subieron río arriba hasta que una pared gigantesca de troncos, piedras y ramas apareció ante sus ojos: la presa de Toco.
Tan alta que parecía un castillo.

¡Vaya pedazo de muro! —rió Chispa, la ardilla.

Es… muy bonita —dijo Luna, la coneja—, pero ¿no será un poquito exagerada?

Toco se encogió de hombros, y dijo tranquilo:

—Quería que fuera perfecta, pero no os preocupéis, puse un tapón para dejar pasar el agua cuando quisiera.

¿Te refieres a ese tapón de ahí? —preguntó Pinchito, el erizo, señalando con su patita hacia la orilla.

Todos giraron la cabeza, y ahí estaba: un enorme tapón de corcho, redondo, reluciente… ¡tirado sobre la arena, a varios metros de la presa!

Toco parpadeó.

—Ups… creo que me olvidé de ponerlo. —dijo con cara de XXXXXX

Los animales decidieron abrir la presa y cada uno propuso su propio plan, pero cada idea era más absurda que la anterior…

Chispa lanzó bellotas contra los troncos, convencida de que se moverían, hasta que una rebotó y le dio en la cabeza.

Luna intentó traer agua en un cubo… que tenía agujeros por todos lados, así que el agua desapareció antes de llegar.

Pinchito se puso una “armadura” de hojas y ramas y trató de embestir la presa, quedando atascado en la orilla, sin siquiera tocarla.

Cada intento fallaba, y Toco se sentía cada vez más avergonzado.

Mientras todos se sacudían hojas y barro, Taco el capibara, se sentó en una roca junto al agua.

No decía nada. Solo miraba la presa, las hojas que caían, el reflejo del sol en el río.

¿Cómo puedes estar tan tranquilo con todo esto? —preguntó Toco el castor.

Porque ponerse nervioso no hará que el agua vuelva —respondió Taco el capibara más tranquilo del bosque—. Cuando mantienes la calma, ves cosas que otros pasan por alto.

Toco frunció el ceño, pero se sentó junto a él.

Taco el capibara, cerró los ojos.

Toco lo imitó y los cerró también

El viento movía suavemente las hojas.

El sol jugaba entre las ramas, dibujando destellos en el agua.

Se escuchaba el canto lejano de un pájaro, el zumbido de una abeja, el rumor tenue detrás de la presa.

Un minuto… dos… y entonces, al abrir los ojos, Toco sonrió.

¡Ya sé! —exclamó—. Si no puedo hacerlo solo… pediré ayuda. ¡Es hora de trabajar en equipo!

Sin perder un segundo, Toco llamó a toda su familia. Y allí aparecieron, uno tras otro:

Toca, la más fuerte.

Toki, que no paraba quieto.

Tokiño, el más pequeño, que llevaba un casco de juguete “por seguridad”.

¡Y muchos castores más!

Todos se alinearon frente a la presa y dijeron al unísono:

¡A la una, a las dos… y a las tres!

Docenas de dientes afilados mordieron troncos y ramas sin parar, y el agua empezó a colarse. Primero en hilillos, luego en chorros, y en un momento…
¡el río volvió a cantar!

Los animales del bosque chapoteaban felices.

Pinchito salpicaba a todos con su barriguita redonda.

Taco el capibara cerró los ojos, disfrutando del murmullo.

Ese día, Toco entendió que, a veces, la mejor fuerza no está en los dientes… sino en sumar fuerzas con quienes tienes al lado.

Y cuando nadie se lo esperaba, una mariposa pasó revoloteando.

Bajó hasta unas flores junto a Pinchito y, al batir las alas, le hizo cosquillas en la nariz.

El erizo estornudó y rodó hacia atrás… ¡directo al trasero de Chispa!

¡Ayyyy! —gritó la ardilla, saltando por los aires.

Y así, sin que nadie lo esperara, empezó una cadena de accidentes que el bosque no olvidaría en mucho tiempo…

Pero eso, lo descubriremos en los próximos cuentos.

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